miércoles, 5 de octubre de 2011

trabajando...





jueves, 3 de marzo de 2011

Intitulado


Me cuesta trabajo pensar en este momento, o en el mejor de los casos simplemente concentrarme.
El brillo del monitor me causa una extraña sensación similar a una leve migraña, aunque menos dolorosa, pero significativamente molesta. Es por ello que prefiero voltear a ver a otro lado, poniendo mi mente en blanco, mientras escribo.

Es una gran bendición el no requerir mirar el teclado de la computadora. Es uno de esos talentos adquiridos desde niño. Es increíble el número de bondades que puede uno adquirir, ateo inconfundible e incorruptible, en un colegio de monjas dispuestas a todo en nombre de dios.

En fin, este breviario me ha resultado inevitable. He estado sin escribir un buen rato. Y por supuesto, no me refiero a la acción humana en sí, sino al ejercicio intelectual introspectivo de sacar las cosas por medio de palabras, como pensando en voz alta, así, a gritos tecladazos, sutilmente suaves y mecánicos pero sórdidamente humanos por pensamientos y palabrería difusa de un ser con una fuerte necesidad de gritar y llorar.

Esto en sí no se trata de decir la cosa exacta que le molesta. Uno no tiene que asincerarse con uno mismo, especialmente cuando sabe que estas palabras llegarán a ojos innominados, y tentativamente extraños. Por supuesto, me preocupan más los ojos conocidos. No quiero hablar de lo que yo sé, ni darle información a quienes no saben. Sólo quiero hablar para relajarme, aunque sea así, a un auditorio sordo pero con la vista de cien mil ciegos reunidos en un auditorio, un auditorio donde normalmente estoy yo solo.

Este es un día curioso. Estoy alegre de tener una lesión muscular. Es un consuelo médico del que se está sosteniendo mi existencia y por el que no he reventado aún. Mañana no sé. Hoy me alegra que me duela la pierna.

He estado pensando cosas terribles, verdaderamente terribles, sin punto de retorno, sin tiempo de reclamaciones. Simplemente terribles.

Estas cosas me hacen recordar que soy un existencialista, y por consiguiente siempre estoy triste.
A veces les hecho en cara a las monjas no haberme hecho entender a la fuerza las enseñanzas de la inercia y la imaginación. De verdad que las odio a veces. No las odio por ingenuas, sino por haber fracasado conmigo. De haberme hecho creer sería yo menos ácido, y tal vez, sólo tal vez, menos terrible. Al menos le tendría miedo a las cosas terribles y fantásticas, y no a las cosas terribles y reales.
En fin… mi estado mental es de miedo, y mi único consuelo es una lesión muscular, que al menos sé que es real porque me duele.

Tengo prohibido correr, pero no me importa. El dolor se ha vuelto bueno. El dolor físico al menos.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Espejo roto

El hombre es un ser que ve poco de sí mismo. Pasa la vida tratando de conocerse y sueña a veces con verse desde fuera, de poseer la clase de certeza que viene con el razonamiento de una idea simple y poco humana.

Creo que esa certeza matemática es imposible, como desprenderse de uno mismo y observarse por algunas horas, tal vez dormido, escuchar los propios ronquidos, verse uno enojado o llorando, borracho, enamorado, triste, solo, caminando, hablando.

Es tan rara esta certeza que la voz propia siempre se escucha rara en una grabación. Nos cuesta trabajo reconocernos desde fuera. Esa objetividad nos aísla de nosotros mismos.

Solemos morir sin saber quiénes somos. Es cierto, nos vemos y nos reconocemos en el espejo, pero sólo vemos el reflejo de nosotros mismos, y en ese sentido sólo llegamos a conocernos por deducción.

Siempre ajenos a nuestra propia imagen. Condenados. Ni siquiera sabemos al principio si somos atractivos o repulsivos, eso lo entendemos mucho después, cuando aprendemos cosas sobre el otro género, más nunca lo deducimos por nosotros mismos.


jueves, 2 de septiembre de 2010

¿Quién es aquí el traidor?

Autor: Luis Muñoz Oliveira
Ver original en Campus (Milenio)

Imaginen a un muchacho recién entrado en la veintena, que apenas sabe leer y usar las matemáticas para contar el cambio de los refrescos que se compra en la esquina. Un muchacho que, como muchos, se expresa mal con la palabra y peor con la pluma. Imaginen que le explica a su jefecita, una vez más, que él trató de terminar la secundaria y de buscar un trabajo digno, pero que ya se le terminó la paciencia de tomar trabajos de a “cincuenta varos”, ocho horas, nueve, ustedes dirán, que igual no le alcanza para nada, “no queda de otra, jefecita”.

Claro que le gustaría ser médico, sociólogo, dueño de una fábrica de muebles, “la neta, la neta, con que me alcanzara para que estuviéramos todos tranquilos. Pero no tengo ni pa’ los chescos. Y quién me ayuda: ¿tú, mi jefecita? Nel, ni tú ni nadie”.

Así que tomó el camino del narco. No trafica, esas son palabras mayores; él vende unas dosis, las que le piden los cuates, los clientes del barrio. Digamos que es distribuidor o, como dicen los que le declararon la guerra, narcomenudista.

Su madre, que lo intuye, no puede hacer nada, no le alcanza el coraje y tampoco para el gasto. Por eso se hace de la vista gorda y trata de sobrellevar —comiendo de las galletas que compra con el dinero que él le da cada semana— el corazón partido, las lágrimas, el miedo de irlo a reconocer al Semefo uno de estos días. Y es que su hijo es enemigo del Estado, uno más de los soldados de las huestes de los capos. Y en ese lenguaje, además, es un traidor a la patria en pleno año del Bicentenario.
Un traidor, pero el changarrito da de comer y abre la esperanza. En fin señores, señoras: todo espacio es pequeño para describir cómo ha de sentirse ese muchacho que quiso salir adelante y sólo vio rumbo por el camino de la discordia.

Hace 200 años comenzó la lucha por darnos leyes, eso es la libertad. Darnos leyes que establecieran que todos los mexicanos somos iguales. El independentista era un proyecto libertario, humanista, el camino para fundar una sociedad menos desigual, sin diferencias de casta. Cayeron muchos en la sangrienta historia de nuestra tierra. Y, sin embargo, hoy que le debemos rendir cuentas a nuestra historia, por así decir, nos topamos con que el país sigue plenamente dividido entre aquellos que quieren imponer su visión del mundo y quienes luchamos por una sociedad que reconozca, acepte y defienda sus diferencias. Y en medio de la pugna, las diferencias sociales se ensanchan, crece el número de pobres y la educación que, como sabemos, es fuente de justicia, posibilidad de movilidad,  se pudre en manos de viejas costumbres. Y el sistema educativo no sólo publica millones de libros de texto con faltas de ortografía, sino que además colabora —digamos que por omisión— con el deterioro de la salud de los niños y permite que tengan a su alcance los productos de grandes empresas que presionan a las secretarías de Salud y de Educación sin pudor.

La industria petrolera, cuyos recursos podrían usarse para mejorar la educación y la investigación científica y en humanidades, se derrumba en manos de hampones también de viejas costumbres.
Y podemos seguir: los ríos están contaminados, los hoteleros destruyen los manglares y los taladores, los bosques; la Ciudad de México, ahogada una tercera parte del año bajo fuertes lluvias, se queda sin agua. El campo se seca y deja de ser productivo, crece la xenofobia, la economía sigue estancada y, sobre todas las cosas, la violencia nos agobia, nos encierra, nos atemoriza.

En medio de esta debacle, sin embargo, en lugar de detenerse a revisar el camino, el gobierno federal prepara una gran fiesta con bailes, fuegos de artificio y un tema musical que merece una mención especial: desnuda por completo la idea de celebración que tienen en la cabeza, el Bicentenario como mundial, como producto. No necesitamos un tema oficial y menos de ese calibre: “shalala, el futuro es milenario”. ¿Por qué? si en realidad se nos cae a pedazos. No necesitamos la mayor fiesta del mundo: tapar con ostentación la pobreza es el recurso de siempre, ya lo decía Vasconcelos en el Ulises criollo, grandes monumentos y pocas escuelas. Mucho shalalala y pocas oportunidades; sí, el futuro es milenario, pero no el de tu generación.

Después de estas pocas palabras, si imaginamos de nuevo al muchacho narcomenudista —deberíamos comenzar a pensar en una amnistía para los de abajo— y lo comparamos con aquellos de las celebraciones onerosas, las corruptelas, la permisividad,  vale preguntarnos: ¿quién es aquí el traidor?

¿Él? Yo creo que no.

lunes, 2 de agosto de 2010

Sin título (porque se lo robaron)

Esta es la historia de un escritor que sólo escribía cuando estaba triste.

Callado durante muchos años, ahora, con una profunda herida en el orgullo de ser mexicano, pensaba como si una tercera persona, que la vida no era justa con él... lo era acaso con alguien?

La verdad es que de mi vida no me puedo quejar. Tengo una gran chica, un buen trabajo, unos amigos de poca su madre, vaya, hasta me llevo bien con mis papás!

Puedo aceptar que soy muchas cosas: neurótico, borracho, mariguano, loco, degenerado y otros hobbies más. Vaya, creo que soy como Bukowski más o menos. Tengo un ego de la chingada. No soy perfecto, casi (en serio), pero no perfecto!

¿Qué más puedo decir? Vivo en el Distrito Federal. Lo odio con el corazón: me han asaltado dos veces, me robaron un carro y hoy me clonaron mi tarjeta. ¿¿CÓMO MIERDAS SE PUEDE VIVIR ASÍ??

Del smog y el Ebrard y el tráfico, son lo de pinche menos!

SALAVER!!!!! YO YA MEJOOOOOOOORRRRRRRRRRRRRR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

(Venta de garage próximamente)

P.D. Esto no tenía mucho que ver con lo del escritor, pero me relajó escribirlo :-)